martes, 21 de marzo de 2017

LETANÍA III

Letanía de la muleta

 Jorge Arturo Díaz Reyes


Lienzo blanco sin alma, primero. Clavado en una estaca. Truco de carpintero. Útil del peón. Centro del desafío y de la suerte. Señuelo de cornadas y estocadas. Albur de vida y muerte.

Hija de tiempos fieros, de señores y siervos, de mando y obediencia, de galas y de haraposDe melindre y violencia, de bulas y de caos, de perro y desjarrete, de turba y despedace.

Rezago de días ávidos, de conquistas y lucha, de no ser y de ser. Días de alcurnia y gleba, de fasto y pobrería, de lanzazo cortés y toricidio plebe, de andante honra y llana villanía.

Flama de un siglo de luces, de razón y terror, derecho y desafuero. De sumisos furiosos, de alzados hierro en mano, de iguales por el trono, de rey descabezado, de don nadies tiranos.

Retazo goyesco, de años claroscuros, románticos y viles, gallardos y ruines. Años de dos corridas, de capeas humildes, de liturgias reales. De toros por la plaza, de toros por las calles.

Reclamo de arribistas, matatoros hambrientos,  ambiciosos de todo, recamados en oro, presidiendo cuadrillas, vendiendo valentías, modelos de majeza y vulgar pinturería.

Bandera del coraje, del honor es de todos, de ofrecer la ventaja, de no escurrir el bulto, de dar el pecho siempre, de vencer cara a cara, de jugarse al azar, de afrontar lo más fuerte.

Embozo de ladinos, ayudado, picudo, retórico y tramposo, que tiras el riesgo lejos, desde fuera de cacho, dibujando arabescos, simulando el arrojo, traicionando el acuerdo, confundiendo los ojos.

Idea de Romero, engaño de Costillares, látigo de Domínguez, sino del Espartero, palanca de Belmonte, sarape de Fermín, pañuelo de Chicuelo, crespón de Manolete, sudario de Cubero.

Ala roja, forrada, trinidad del toreo, con la capa y la espada. Batuta del temple, cetro del mando, hilo del natural. Trapo histórico, trapo creador, trapo ritual. Trapo torero, trapo supremo, trapo fatal.


Cali, I 26 de 201

LETANÍA II

Letanía del culto prohibido
(Publicado por revista La Mejor 2011)

Jorge Arturo Díaz Reyes

Toro rojo de Altamira, toro albahío del Nilo, toro berrendo de Creta, toro cárdeno de Guisando. Becerro dorado del desierto. Toro marmóreo de Grecia y Roma. Toro brillante de las constelaciones.
Toro sacro de cultos milenarios. Toro que sobreviviste a todo. Aun a esta plaga prolífica y sucia que se ha robado la tierra, el agua y el aire. Toro que te has hecho adorar por el peor enemigo.

Toro bravo, toro de lidia, toro de Europa y América. Aun eres el único ser que ese bípedo astuto no mata a traición. Aun eres el único con el que se bate de igual a igual, cara a cara. Aun eres el único que honra en ceremonia ritual, de mutua entrega. Aun eres el único sagrado al que ofrenda y se ofrenda en sacrificio, como avergonzado por la cotidiana masacre que perpetra con todas las especies.

Toro de los tiempos, que todavia recuerdas a este mono lampiño que no siempre fue tirano impune del planeta. Que aún le recuerdas, qué como tú es vulnerable y mortal, y que antes de que se armara hasta los dientes con su monstruosa tecnologíatenía que arriesgar el cuero si es que pretendía matar.

Toro que aun invicto, anunciado por fanfarrias, pisas altanero el ruedo, con tus astas en alto, y soberbio te haces admirar y arrancas gritosFuerza de la naturaleza, que aún le metes miedo al amo del planeta, le pones frente a su frágil pequeñez, le impones reverencia y le obligas la liturgia de un rito. El único rito real que conserva. El único no alegórico, en el que purga su decencia perdida, y expía su abusiva cobardía con todos los demás animales, acorralados, esclavizados y asesinados a mansalva.

Rito de honor, en el cual el hombre quiere probarse que aun pude ser valiente, leal y digno de mirarte a los ojos. Que aun pude ser capaz de medir contigo, sin ventajas, las dimensiones que le hacen humano; la ética y la estética. Que aún puede luchar por su vida, no solo sin trampa, sino con gallardía y arte. Que aún puede aceptar que el inexorable final, sea un albur entre tú y él, frente a frente, dándose la oportunidad, como en los orígenes, cuando no era ecologista sino ecológico.

Toro deidad del rito consagrado a la redención de la gran fatalidad humana: no hay vida sin muerte, sin dolor, sin pena. Toro propiciatorio del sacrificio a la gran epifanía: nacer vivir y morir son uno, en tres actos, y ninguno tiene porque ser sórdido, indigno, infame. Toro que concelebras en fiesta la tragedia del ser. Toro que enseñas que el riesgo de vivir puede ser bello y digno, asumido con un poco de valor y honor.

Ya solo existes por esta pompa en la que mueres como vives, luchando, con identidad y veneración, a una edad por lo menos cuatro veces mayor de la que permiten alcanzar a la mayoría de tus congéneres. Ya solo esta ceremonia honda, prehistórica, permite que tu especie subsista, que no desaparezca tu casta del mundo-feudo de la bestia sapiens.

Pero tus defensores de oficio la maldicen, la execran, la prohíben. Para que no mueras en la corrida, para que no vivas en ella. Para que no les recuerdes más con esa herejía, que han renunciado al honor, al arte y la verdad. Para que no les enrostres más que con taparse la cara ante tu muerte, no pueden disimular sus crímenes contra  natura. Para que no les refutes más esa estupefacción falaz de la vida terrena sin dolor y sin final. Para que no inquietes más a sus melindrosas e hipócritas conciencias, necesitan borrar tu estirpe de la tierra.

 Con su farisea caridad, claman por que tú y todos los tuyos vayan indefensos, al asesinato aleve, oculto, vergonzante de los mataderos, o del oscuro toril, en las plazas donde han hecho de la corrida una farsa, sicaria y sin razón. Para que sus corazones trémulos continúen sin sentir lo que sus ojos no quieren ver, que te masacren lejos, anónima y masivamente como a los otros animales.

Para que los torturadores no te sigan criando con mimo en tu hábitat. Para que los sádicos no te sigan alabando en su rito. Para que los bárbaros no continúen venerándote y construyendo una cultura y un arte a tu alrededor. Para que no tengas nombre, para no tengas historia, para que no tengas futuro, para que no seas emblema de patrias renegadas. Para que no hagas felices a quienes te aman. Para que descansen quienes no pueden tolerar esa felicidad ajena. Para que impongan su libertad de prohibirlo todo. Para eso, es necesario que desaparezcas.

Debes dar paso a su civilización, a la posmodernidad, a la mono-cultura global. Ya no hay sitio para ti en este imperio de la imagen, donde las  cosas no son como son sino como aparentan. Para que sobre la negación de la realidad sostengan su delirio de que la muerte y el sufrimiento, son solo cosas que pasan en la televisión.

Para que sus delicados y puros espíritus puedan seguir creyendo que viven sin matar un solo ser; ni un pez, ni una flor, ni una bacteria… Para sostener el moralismo irracional, tú debes extinguirte, tu culto debe ser abolido, tus templos dedicados al mercado, tus hierofantes reprobados, tus fieles dispersados y tus campos consagrados a la crianza de filetes, embutidos y hamburguesas.

Toro dios de las corridas, millones de años te han traído hasta hoy. Toro, compañero, que con el hombre has hecho el camino de la historia. Toro celeste que le hiciste conocer el miedo a Gilgamesh. Toro soberbio que aun castrado postraste a los faraones. Toro terrible que danzaste con  los jóvenes minoicos entre tus astas. Toro colorado de Tartessos por el cual pelaron a muerte Gerión el triple y Hércules el invicto.  

Toro irresistible que raptaste a la fenicia Europa. Toro de fuego que desafiaste la espada de Teseo en Maratón. Toro que combatiste con gladiadores y fieras. Toro guerrero, vanguardia de los hirsutos íberos. Toro de Andalucía que hiciste toreros a Malique, Musa y Gazul. Toro fiero que honraste al Cid Campeador en la plaza de Alamillo. Toro de Valladolid que solo te humillaste ante Pedro Regalado. Toro natal de Felipe II que peleaste con Carlos V emperador. Toro del Jarama que venciste y pisoteaste a Don Quijote.

Toro transatlántico que bravío enseñoreaste los campos y las plazas de América. Toro de las ocasiones, las penas y las celebraciones. Toro que inmortalizaste a unos carpinteros de Ronda, y a unos carniceros de Sevilla, y unos saltimbanquis de Navarra, y a unos peones en México. Toro asaz que mataste a Expósito en El Puerto. Toro de Bracamonte que mataste a Hillo en Madrid. Toro de la Viuda que santificaste a Joselito en Talavera. Toro de Manolo Granero, Manuel Báez Litri, Curro Puya, Montes, Alberto Balderas, Ballesteros, Pérez, y Sánchez Mejías, Pastor, Varelito, Pascual Márquez Díaz… Toro de vida y muerte.

Toro de santos y pecadores, de ricos y pobres, de amos y siervos, de creyentes y escépticos. Toro de las victorias y las derrotas, de alegrías y tristezas, de fiestas y duelos. Toro que hiciste llorar a Lorca por Ignacio. Toro que hiciste pintar a Goya, y a Manet, y a Picasso. Toro que causaste una música, un teatro, una danza, una poesía, una escultura, una ciencia, una cultura.

Toro de Alfonso el Sabio, de Unamuno, de Ortega. Toro del Ronquillo, del Marinillo,  del hombre del casino provinciano... Toro de todos, toro espléndido que con tus despojos les has alimentado, vestido, calzado, armado, enriquecido, pero más, les has hecho sentir leales y valientes y le has enseñado una manera de la dignidad sin crimen, sin cobardía y sin mentira.

Ni las bulas papales, ni los decretos reales, ni las leyes políticas, ni las infamias de gleba, ni las imposiciones foráneas, han logrado aniquilarte aboliendo tu culto. Aquí estás, por él y para él. Aunque cada vez tu espacio disminuya, cada día tu respeto merme, cada esnobismo traiga menos comprensión y cada generación más intolerancia, tú, aquí estás, porque tu oficio, la corrida, sigue.

Y al sonar el clarín, saldrás de nuevo al ruedo, a encarar tu destino y el de tus oficiantes, a recordarle a tu feligresía sus orígenes, aquellos tiempos naturales cuando nacían, vivían y morían piel a piel, mano a mano, con los otros animales. Cuando no se habían designado a sí mismos dueños de cielo y tierra, centro del universo, abusadores de todo. Saldrás y les dirás de nuevo que no son tan fuertes como creen, que no son tan inmortales como quisieran, que no son tan omnímodos como pretenden. Y les conmoverás y les abrumarás y les admirarás, mostrándoles cómo es que se afronta el sino trágico de la existencia.

Y harás temblar el suelo con tu galope y solo el valiente será capaz de esperarte a pié firme, y solo el artista convertirá el encuentro en fugaz escultura, y solo el sabio descifrará tus reacciones y solo el maestro logrará encausarlas, y solo el digno podrá igualarse y jugar limpiamente su vida contigo hasta el final.

Pero valentía, dignidad, lealtad, verdad… son valores a la baja. El pragmatismo reinante en este globo superpoblado, contaminado y ferozmente competitivo, los halla inconvenientes, anacrónicos, brutos. Ya el éxito no exige ser así, mejor, el éxito exige no ser así. La emboscada, la mansalva, la ventaja, el engaño son los modos triunfantes. La ética de la paz y la guerra es otra. La publicidad maneja las masas consumidoras como la flauta de Hamelín a los ratones. Ciudades enteras pueden desaparecer cuando a miles de kilómetros un héroe, que ni siquiera las conoce, aprieta un botón. La economía de la humanidad se juega en las especulaciones de la bolsa, por los más vivos. Que un mundo así no tolere la caballeresca decencia del toreo es lógico. Miserablemente lógico.

 Quienes teniendo el poder sobre los hombres, usan la moralidad como garrote, y dictan y eliminan, herencias, tradiciones, costumbres a su gusto, han satanizando ese culto, le han perseguido, le han desterrado, le han reducido a unos cuantos países, pero no han podido borrar de sus gentes el arrobo ancestral que les inspira su permanencia. Van, peregrinan en multitud, lejos de sus vigilantes, a las fiestas de toros, a reencontrarse, a mirarle, a exponerse, a probarse  ante él, a tocarle si pueden. Abismados en la significación misteriosa, en la tremenda belleza, en la fuerza de sus rituales. Devotos, asombrados o aterrados a tenor de sus prejuicios, pero ninguno indiferente.

 Porque pese a todo, el asunto es más profundo que los prejuicios, las leyes y la misma cultura. Tiene que ver con los instintos que definen la especie. Los prejuicios las leyes y la cultura son una reciente capa que hemos echado sobre los millones de años de nuestra identidad biológica. En esos planos profundos es que obra el arte del toreo, como todas las artes, en lo hondo de las respuestas y sentimientos que subyacen muy debajo de la razón. A despecho de las imposiciones, de las modas, de las temporales conveniencias y de nuestro engreimiento, seguimos siendo una familia de primates.  Con una sofisticada cultura sí pero primates.  
Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali, 2011



LETANÍA I

Letanía del ruedo
(Publicado la revista Faena 2010 )

 Jorge Arturo Díaz Reyes


Ruedo ibérico, elipse romana, ovoide sevillano, cuadro pueblerino, círculo de carretas. Arena del rito cruento, gris, blanca, dorada, concéntrica y cerrada, íntima y pública, pía y despiadada, trágica y festiva.
Ara del animal sagrado, cuna de mitos, escena real, solar de sueños. Punto de vida y muerte, luz y sombra, valor y miedo, verdad e impostura, arte y artería, honor e infamia, lágrimas y risas, gloria y escarnio.
Anacrónico altar en que ofician temerarios y comulgan fieles de credos renegados; honor, lealtad, coraje, hombría, estoicismo... Centro de templos que alargan religiones arcaicas. Gilgamesh, Utu, Teseo, Apis, Gerión, Europa, Mitra. Hondos cultos de potencia, fertilidad, bravura, fuerza...

Foro de discursos terribles, lienzo de pinturas misteriosas, podio de monumentos fugaces, pizarra de geometrías absurdas, soporte de arquitecturas etéreas, ámbito de músicas calladas, palestra de duelos tremendos. Pliego de caligrafías épicas, de rimas emotivas, de epílogos supremos.

Campo de tauromaquia, teatro de hazañas prehistóricas, de mímicas bizarras, de tragedias en tres actos, con coro y corifeos. Atrio de clamores. Palenque de gestas inútiles, inmolaciones alegres y  víctimas históricas. Expósito, Pepe-Hillo. Gabiño, El Espartero. Sacristán, Joselito. Balderas, Gitanillo. Manolete, Litri, Yiyo, Paquirri, Pepe... Universo redondo, pista de circo, cauce de sangre, coso de fieras históricas. Barbudo, Bastonito. Jaquetón, Hortelano. Belador, Jerezano...

Reino de lo vano y lo sublime. Alegoría del mundo. Aleph donde ha pasado todo. Tambor de pasodobles. Redondel de pasiones, zona de magia y duende. Caja de Pandora. Colector de ofrendas prendas. Rastro de paseos litúrgicos. Región de lo imposible. Rueda de locura y razón. Infierno de repudios, purgatorio de ilusiones, cielo efímero. Escape del hambre. Senda de fama y olvido, fortuna y desgracia, idolatría y desprecio. Tumba de Ordóñez.

Arenal, vacío, solitario, callado, que aguardas  la corrida del domingo, del año, de la feria, del santo, de la patria, con sus animales, sus toreros, sus multitudes, sus voces, sus cobres, sus banderas, su sol, y tras el último muerto vuelves mudo y oscuro a tu quietud sideral. Patio del juego viejo, plaza del sacrificio, albero de suertes, anillo de palo, claro de luna, lugar de quintaesencia, maestranza real, pedestal del toreo, corazón de la fiesta.  


Jorge Arturo Díaz Reyes, Cali X 2010

AEIOU

Aeiou
(Para lal revista "Al Ruedo" 2011)
(A los niños de la Escuela Taurina de Cali)
 Jorge Arturo Díaz Reyes
A compás el toro, las manos, el cuerpo, la tela también.
Torear mandando, cargando, ligando y parando los pies.
Que todo sea uno, la suerte, la tanda, la lidia hasta el fin.
De arriba pa’bajo, de fuera pa’dentro, de a’lante pa'trás.
Dando la distancia, avanzando el trapo, frontal y cruzado,
plantada la pata, fajado el embroque, vaciar colocado.
En suerte de suerte,  y en tiempo y espacio de repetición.
Lentitud en todo, rima, estilo, modo, desahogo, aire.
Auténtica, íntima, pura y desgarrada la interpretación.
Mandar es poder, parar es valor, cargar es verdad.
Ligar es fluir. Nada es negociable. Todo es esencial.
Pero el temple pone la belleza, el arte, la sublimidad.
El contraste sumo. El acuerdo extraño. La armonía total.
Sujeta en el son la velocidad. En la gracia fina la brutalidad.
El azar en orden.  La fuerza en el aire, la furia en la paz.
Torear es fácil: aguantar, llevar, mimar y traer. Sin huir.
Sentir, arriesgar, descubrir, crear, expresar e infundir.
Basta ser valiente, basta ser artista. ¿Pero… quién será?        


Pregón antitaurino


Pregón antitaurino
        
   Jorge Arturo Díaz Reyes
De la pecaminosa fiesta soy azote,
de la barbarie ritual soy enemigo.
No tolero dolor, sangre, ni muerte,
los niego, los prohíbo, los persigo.

Debo imponer a todos mi piedad,
combatir sin desmayo a los impíos,
execrar, desterrar, abolir, castigar
el culto infame de toros y taurinos.

Es mi alta misión en este mundo,
redimirle de los primitivos goces,
que causan los juegos en el ruedo
a toros, toreros y públicos atroces.

la befa, el grito, la pared, la pedrada,
el anatema, la marrulla, el decreto,
la ley, la excomunión y la trompada.

No hay medio ruin, si el fin es bueno;
evitar que el toro muera, cara a cara,
usando sus astas, la vida defendiendo,
amo de su poder e instinto, cual otrora.

II

No, no lo puedo sufrir. ¡Qué no lo vea!
El animal muerto en la arena !No, no!
A la vista general, y en una ceremonia,
con sol, música, colores y alegría !No!
Que muera como a todos hoy matamos,
inerme, a mansalva, y a escondidas.

Sí, así, para devorarlo, y de sus restos
hacer con mimo rejos, látigos y bridas.
El único ser que no ultimamos a traición,

para borrar del todo esa maldita tradición
que nos evoca eras en que fue sagrado.

Tapiar las cavernas de Lascaux y Altamira,
olvidar la épica taurómaca de Gilgamesh,
destruir los rastros de Mitra, Minos, Indra,
y del eral dorado que también fue Yaveth.

No recuerde nadie que fue mito primero,
que antes de la historia fue dios adorado,
que vigor, potencia, feracidad eran toro,
ni que en luna creciente fue simbolizado.

III

Han sido muchos, años, milenios !Basta ya!
!Paso a la modernidad! a los valores nuevos,
al honor nuevo y al coraje que de moda está,
ya los héroes no se baten como caballeros.

Hoy usan botones, misiles, y a distancia,
liquidan por televisión pueblos enteros.
Ya, ir de frente, arriesgar, no da prestancia,
no es la civilizada honra que queremos.

¿Celebrar el arrojo, la verdad, la bravura?
¿Exponerse a las toros? ¿Hacer de tal un arte?
No, eso es anacronía, estupidez, incultura,
masoquismo, sadismo, perversión, disparate.

Ahí están los mataderos y las carnicerías,
sitios propios, en los que la feliz manada,
sin ruido, sin ole, sin boato, días tras días,
  

No como bravos, con más de cuatro años.
No, con dos basta, la carne es más jugosa,
los cuidos, el pasto, la crianza más baratos,
y la matanza resulta moral, por ventajosa.

IV

Odio las corridas y a los que las perpetran.
Es mi deber prohibirlas y eliminar la raza,
inquirir, señalar a quienes con ellas pecan,
salvar mis escrúpulos de su cruel amenaza.

Soy bueno, civilizado, compasivo, sensible.
Detesto valentías que hieran mis melindres,
metáforas que invoquen mi pasado terrible,
de igualdad ecológica, y miedos indecibles.

  
frágil, sin ventajas impunes de la tecnología,
distante a mi presente de abusos naturales,
de amo fatal del mundo, rey de la zoología.

V

¿Entonces? !Callar! Obedecer. No torear.
Eso es cultura de muerte, y yo soy vida,
y en mi cultura la muerte ya tiene su lugar;
la negación, los medios, y la virtualidad.

Publíquese y cúmplase mi real voluntad.
Desde ya, el toro no morirá en la arena,
se le asesinará por miles, en oscuridad,
sin nombre, sin lujo, sin gloria, sin pena.

Oculto a los ojos de la gente gil,
no idónea, ni libre para distinguir
lo bueno, lo malo, lo justo, lo vil,
o lo que deba o no deba ver y oír.

Yo soy el protector del público necio,
yo soy quien gobierna la moralidad,
yo soy el guardián del vulgo sin juicio,
yo soy del municipio luz y autoridad.

Cali, diciembre de 2012 

jueves, 30 de abril de 2015

CULTURA - TAUROMAQUIAS

Tauromaquias anatólicas
Por: Cristina Delgado Linacero

 La mítica estampa del toro bravo estuvo siempre presente en el Mediterráneo y en el Próximo Oriente. Desde los tiempos más remotos de la andadura humana se conservan evocadores testimonios de representaciones bovinas prehistóricas, plasmadas por geniales manos, en las paredes de cuevas y abrigos al aire libre considerados en muchos casos como santuarios.

La gran llanura de Conia, en la meseta turca de Anatolia, registra uno de los más antiguos asentamientos existentes, VI milenio a.C., donde se atestigua la cría de vacuno doméstico y bravo a partir de prácticas cinegéticas. El poblado de Çatal-Hüyük muestra ya huellas de una incipiente relación entre el toro y el mundo de los muertos. Las sepulturas halladas en el subsuelo de viviendas y de recintos sagrados muestran pequeñas figuritas de toros heridos o mutilados junto a las armas que sirvieron para su captura. La ornamentación de estos aposentos consiste en cabezas taurinas realizadas en yeso, poseedoras de cuernos naturales, que emergen de las paredes, y filas de astas y frontales, igualmente naturales, encajados en pilares de ladrillo o sobre escaños de escayola. Probablemente, fueron trofeos obtenidos de la caza ritual de este animal, cuya escenificación se observa en algunas pinturas murales existentes.

La admiración ante el tamaño, la fuerza y la respuesta de la res ante el acoso debió convertir la cacería en una prueba de hombría y valor propia de varones valientes y aguerridos que, como los toreros de hoy, arriesgaban su vida ante la colectividad, obteniendo como reconocimiento un puesto de honor en la sociedad en que vivían. De aquí su singular vestimenta de pieles de leopardo, y el uso de telas, carreras o saltos como instrumentos  de un  desafío que ofrecía,  a la vez, la posibilidad de un divertimento previo a la captura o a la muerte de la presa. Parece probable que algunas de estas reses fueran empujadas a base de ruidos, fuego u otros medios rudimentarios hacia terrenos acotados, abundantes en agua y pastizales, para constituir la base de incipientes ganaderías cuyos más sobresalientes ejemplares serían destinados a los primeros juegos taurinos documentados como tales.
 Evidencias iconográficas señalan que este alborear de la futura tauromaquia formaba parte, como hoy, de rituales asociados a los ciclos anuales de la renovación agrícola y vegetal. Estaban presididos, como en la actualidad, por una divinidad, en este caso portadora de la fertilidad y de la vida asociada con la Madre Tierra. Durante ese período tan señalado, cada año se reformaban las sepulturas de viviendas y santuarios, añadiéndose en ellas los restos de los nuevos difuntos insignes quienes descansaban en el seno de la Gran Diosa, participando de los honores que se le tributaban.

A partir de entonces, el toro y la Diosa formaron la pareja medular de los cultos y celebraciones de la antigüedad mediterránea y próximo-oriental, uniendo la vida y la muerte como parte de un enfrentamiento sagrado, de hombría y valor cuyo desenlace final contemplamos en nuestros días.

martes, 14 de abril de 2015

CULTURA - SEVILLANOS

Personajes sevillanos
(Por: Benjamín Bentura Remacha)

Y puestos a rememorar hazañas de personajes sevillanos en estos días de efervescencia sevillista o bética, según los colores de cada cual, recordar a otro personaje del lugar que se llamaba Alberto Hoyos y al que después de la publicación de una esquela con la falsa noticia de su fallecimiento se le conocía por “el muerto vivo”.

Tenía un colmado cerca del convento de la Caridad, donde los cuadros tétricos de Valdés Leal, y se acordaba de la vecinita del piso de arriba que llamaba a la policía cuando no podía dormir por el ruido de los clientes de su establecimiento. Fue apoderado de Carlos Romero “Periquito” y protagonista de episodios picarescos como el de pedirle veinte duros a su poderdante “para entrenarse” o beber agua gorda en la fuente que había junto al edificio de Correos de la Cibeles y llamarle “champan de acequia”.

Se paseaba por Madrid con un abrigo de cuello de terciopelo y, si había suerte, se colaba en la inauguración de una zapatería o en la exposición de un artista conocido.

Tenía buen porte y sabía consumir los canapés con elegancia. Publicó un libro de poesía y fue por un corto espacio de tiempo coapoderado de Manuel Benítez “El Cordobés” con José Morales Mingorance, hijo de “Ostioncito” y apoderado de Dámaso Gómez y unos hermanos rejoneadores, los López Chaves.

Se casó con la hermana, Lolita. Manuel Benítez les prohibió que organizaran novilladas por su cuenta y no le hicieron caso. La novillada hubo de suspenderse por lluvia y los gastos, a la postre, se los pidieron al de Villalobillos. Fueron despedidos al instante. La lucha por la vida.

La primera no es tal curiosidad, es el recuerdo de un gran acontecimiento: la alternativa de Antonio Bienvenida el 9 de abril de 1942. Fue en Madrid con su hermano Pepe de padrino y de testigo y con el toro cárdeno “Cabileño” de la ganadería de Miura, corrida remendada con un toro de Tovar. Unos meses después, en Barcelona y el 26 de julio, el toro “Buenacara” de Ignacio Sánchez, al ejecutar Antonio (Don Antonio) un pase cambiado con la muleta plegada, le produjo una gravísima cornada en el vientre que frenó en seco su brillante trayectoria. Antonio fue un hombre de mala suerte.

Siempre que le tocaba un toro le hería gravemente, hasta que una vaca de Amelia Pérez Tabernero le produjo la voltereta mortal en octubre de 1975, hará 40 años. Sin embargo, su hermano Pepe, en su dilatada vida torera, sólo visitó una enfermería, la de Pamplona, por un leve golpe. Pero, al final, fue a morir en la enfermería de la plaza de Acho de Lima al sufrir un infarto en la ejecución de un par de banderillas, suerte, con la estocada a recibir, en la que era un consumado maestro.

Otro aniversario celebramos el día 8 de este mes de abril, el de la  muerte de Rafael Molina y Martínez, sobrino de “Lagartijo el Grande” (es lógico que, al usar el mismo apodo que su ilustre pariente, añadamos lo de “el Chico” para salvar el equívoco). Fue un buen torero, con “solera” cordobesa y conocimientos técnicos, pero abúlico y enfermo. Un toro de Miura, en la corrida real que, con la presencia de Alfonso XIII, se celebró en Zaragoza el 14 de mayo de 1908, le produjo varios varetazos en el pecho y aseguran las crónicas de aquellos tiempos que, como consecuencia de aquel doloroso trance, se le acentuó la tuberculosis que sufría y falleció en su Córdoba natal (16 de julio de 1880) el 8 de abril de 1910.
Luego hubo otro “Lagartijo”, también cordobés y sobrino de “Manolete”, un “Lagartija”, dos “Lagartijillos” y un “Lagartito”, este de Belchite y con ciertas habilidades toreras y mucha simpatía personal. Acabó su vida como ganadero y empresario de festejos menores y murió en Zaragoza el 21 de junio de 1966. Se llamaba Francisco Royo Turón y era hijo de “El Lagarto”.  Lógico. Dos hermanos de Paco Royo, José y Eduardo, “Lagartito II” y “Lagartito III”,  también se iniciaron en la carrera taurina pero no pasaron del escalafón novilleril.